De Atienza a Albares: cuando las campanas callaban y sonaban las carracas

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  • Última modificación de la entrada:05/10/2026
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En nuestro viaje a Atienza, entre las piezas que encontramos relacionadas con la vida y las tradiciones de otros tiempos, nos llamó la atención algo que seguramente despertará recuerdos en más de uno: unas antiguas carracas y matracas de madera.

A primera vista pueden parecer simples objetos antiguos. Pero durante la Semana Santa tuvieron una función muy concreta y formaron parte de los sonidos de nuestros pueblos.

Era en el momento en que las campanas dejaban de sonar. Desde el Gloria de la misa del Jueves Santo hasta el Gloria de la noche del Sábado Santo, las campanas permanecían en silencio como signo de duelo por la Pasión y muerte de Cristo.

Y durante ese tiempo, eran las carracas y matracas las que tomaban el relevo.

Su sonido seco, fuerte y repetitivo servía para anunciar los oficios religiosos y otros momentos de la Semana Santa. Y no se quedaban únicamente dentro de la iglesia: se hacían sonar por las calles.

También en Albares.

Durante aquellos días, las carracas formaban parte del paisaje sonoro del pueblo. Sus crac-crac-crac acompañaban las calles mientras las campanas permanecían calladas, hasta que llegaba de nuevo el Gloria de la noche del Sábado Santo. Entonces las campanas volvían a sonar y las carracas dejaban de ser necesarias.

Hoy resulta difícil imaginar aquel paisaje sonoro.

Las campanas en silencio.
Las calles de Albares.
Y el sonido de la madera recorriendo el pueblo.

Por eso, cuando encontramos estas carracas y matracas en Atienza, no pudimos evitar pensar en Albares y en quienes todavía conservan el recuerdo de aquella costumbre.

Porque una pieza de madera puede guardar mucho más que una forma.

Puede guardar un sonido.

Y a veces basta volver a encontrar ese sonido para que una parte de la memoria de nuestros pueblos vuelva a hacerse presente.

NOTA: En breve pondremos las imágenes reales de los carracones de Albares.

La fotografía que acompaña este artículo recoge precisamente esos instrumentos encontrados durante nuestro viaje a Atienza.

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